Opinión

Leipzig: ciudad accesible

Viernes, 17 Junio 2016 00:00 Escrito por  Rocío Sánchez López-Ibáñez Visto 809 veces
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Rocío Sánchez López-Ibáñez. Rocío Sánchez López-Ibáñez.

Me sorprende muy favorablemente la accesibilidad de esta ciudad para personas con discapacidad visual

Los semáforos tienen un sistema curioso: están siempre localizables emitiendo un sonido que no molesta, como unos golpecitos en una tabla. Entonces el ciego llega y presiona el botón, activando así la señal acústica de aviso. Cuando se pone en verde, además de sonar emite una vibración para sordociegos que se percibe si se deja la mano en el botón. 

Los ascensores tienen Braille y avisos de voz, la botonera está a baja altura para las sillas de rueda, en todos sitios me han ofrecido el servicio de discapacitados... Servicio de WC, me refiero. 

Hemos encontrado por doquier en la calle maquetas de iglesias con rótulos en Braille, y ayer vi lo que podríamos denominar un carril ciego: unas bandas en el suelo para irlas siguiendo con el bastón.

Todo esto podría hacerse en cualquier ciudad y los discapacitados tendríamos la vida más cómoda: ¿por qué no ocurre? Por dejadez, por falta de dinero, por falta de ganas, porque somos una minoría y no merecemos la pena, porque los políticos se lanzan la pelota el uno al otro y después se la lanzan a su vez a la ONCE, que ya no presiona tanto porque de empresa de servicio al discapacitado visual ha pasado a entrar en el mercado, a competir, a producir, a ambicionar. ¿Y quién pierde? Los usuarios: nosotros, pobres víctimas inocentes, que hemos de enfrentar a diario multitud de barreras. Mas las peores barreras no son las arquitectónicas, sino las mentales de nuestro prójimo vidente, oyente, andante, con todos sus miembros a punto y prestos a responder..., menos cierta parte del cerebro, que se obstina en no pensar. 

Ayer, por ejemplo, encontré a una señora en la calle: 

-¿Eres ciega? 

-Sí -por otra parte, ¿no es invidente? Hm, digo..., ¿no es evidente? 

-¡Ooooooooh, es horrible! 

-¡Gracias por los ánimos, querida, pero yo veo peor tener su avanzada edad y no haber aprendido a pensar convenientemente, a saber qué es un discapacitado, a tener un poco de sentido común! ¡Oooooooh, es horrible!

-No, señora, no lo es -le contesté a pesar del discurso de mis pensamientos. 

Hay unos buenos samaritanos tan buenos samaritanos por el mundo... Sí, de ésos que se creen mucho mejores si "se solidarizan" con tu problema, a saber: 

-¡Ay, qué lástima! ¿Cómo permite Dios esas cosas? Bueno, para lo que hay que ver... 

-Señor: si usted está hastiado de sus posibilidades visuales, regálemelas a mí! 

-¿Y por qué no tienes perro? 

"¿A usted se lo voy a decir?". 

-Es que yo he visto a muchos ciegos y el perro los lleva a todas partes. 

"Sí, con GPS: y les compra el pan, el periódico, les canta una canción...". 

-Pero bueno: hoy día con la ONCE... ¿Tú vendes iguales? 

"No, vendo diferentes. Y si la ONCE estuviera como en los años 60, 70 y 80, bien; mas ahora, ahora... ¡Pobre ONCE nuestra, donde el ciego es el que menos cuenta! Sólo vale su productividad: ¡a vender, a vender, a vender! ¡Ahora un rasca de 50, otro de 10, otro en talla grande, otro maxi; un extra del padre, de la madre, del hermano, del primo, de Añonuevo, de Vidanueva, de...! Y mientras en la calle, pasando frío, calor, lluvia, aburrimiento, 9 horas diarias estático, repitiendo "suerte" y "gracias", "suerte" y "gracias", "suerte" y "gracias", para que luego el dinero ingresado no se invierta como debiera en el bienestar de los ciegos. Para que luego ciertos jefes se leven la tostada, sean elegidos a dedo y a dedo desechados cuando no les sirvan; nada de oposición, nada de méritos, nada de trabajo mejor, merecimiento, excelencia, voluntad de ofrecer buenas cosas a sus afiliados. Cuando el jefe no interesa, haya sido bueno o malo, da igual, haya hecho méritos o no, da igual, será destituido y regresado a un quiosco, porque su puesto, aunque haya estado de mandamás, es y sigue siendo oficialmente el de agente vendedor. 

Entre tanto desaparecen las bibliotecas, desaparecen los colegios de la ONCE porque ya no son rentables; mejor que el niño esté en una escuela normal con asistencia de un profesor de apoyo una o dos veces a la semana, y de paso decimos que favorecemos una política de integración. Si el pequeño no se siente en un grupo, si se ve diferente, si lora de soledad, si no aprende y lo van pasando por pena, si lo tratan como a tonto hasta a veces llegar a perder su potencial por falta de uso, todo da igual; importa el dato, el número; cuentan los galones que se ponen los jefes de cara a la galería. Mientras el niño llora en silencio, gime, sufre, sueña con un hipotético mundo mejor que ni siquiera alcanza a imaginar por no saber que es posible. ¡Pobre escolar, pobre criatura inadaptada! Cierto que muchos se adaptan, sí, pero no legan a aprender lo que podría hacerse y con la calidad con que podría hacerse en un centro de la ONCE, donde no te eximían de Educación Fisica o Dibujo, donde potenciaban la música, donde te enseñaban técnicas de vida diaria desde que eras pequeñito, donde una cohorte de cuidadores velaba por ti y te preparaba para el mundo y unos excelentes profesores te impartían enseñanzas personalizadas. Y tanto: ocho o diez alumnos por clase... 

¿Qué opinaría Louis Braille si viera todo esto? Louis, Louis: hemos avanzado en siglos, mas retrocedido en sentido común. 

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