Opinión

Educación inclusiva: el camino hacia una sociedad accesible

Lunes, 03 Febrero 2014 00:00 Escrito por  Antonio Corbalán Visto 2111 veces
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Las actividades educativas no son accesibles para el resto de discapacidades que no sean físicas./ Accesibilidad Global Las actividades educativas no son accesibles para el resto de discapacidades que no sean físicas./ Accesibilidad Global

Una escuela será accesible, cuando el alumno con discapacidad se sienta como un alumno más

Esta afirmación es muy ambiciosa si tenemos en cuenta cómo está la situación actualmente, porque no sólo es cuestión de mejorar la accesibilidad básica de un centro educativo de cualquier tipo, sino de una gestión educativa para todos los alumnos, incluso aquellos que puedan necesitar lugares o actividades especiales.

Os pondré varios ejemplos con la intención de transmitir mejor hasta dónde debemos llegar para incluir la Accesibilidad Universal a la educación, cuestión esencial si lo que pretendemos es incluir a las personas con algún tipo de discapacidad en la sociedad en la que viven.

La Facultad de Ciencias del Trabajo del Campus de Espinardo es relativamente nueva, o era nueva en el momento de los hechos que voy a relatar a continuación. Mi mujer acudió a esta escuela porque quería terminar la carrera que el accidente de tráfico no le dejó acabar. Antes del accidente, la escuela estaba en el centro de Murcia, pero cuando volvió del hospital, Relaciones Laborales fue trasladada al campus de Espinardo, a un flamante edificio que es objeto de este artículo.

Dicho edificio, ampliamente publicado en el círculo arquitectónico nacional, era el buque insignia del campus. Premiado y laureado con muchos reconocimientos, se alza actualmente en medio del entorno del campus, que para el que no lo conozca, se encuentra emplazado en medio de un terreno escarpado, en una zona de colinas a las afueras de la ciudad, en el que llegar a tu facultad o escuela universitaria puede suponer un arduo trabajo si tu discapacidad implica una movilidad reducida.

Mi mujer tenía que pedir que alguien, cada día que acudía a clase, no sólo la llevara a la puerta de la escuela, sino que se hacía necesario que empujara la silla de ruedas desde el espacio público inmediato al edificio, dado que suponía en sí mismo, una barrera arquitectónica, por las pendientes excesivas y el mal estado de las circulaciones peatonales. Imaginaos tener que hacer eso cada día. Os puedo jurar que hace falta muchas ganas de estudiar.

Una vez conseguimos entrar a la facultad, dentro de ese edificio tan estupendo, accedemos a las aulas, que se encontraban dispuestas en gradas, como si fuera un cine, pero con pupitres y sillas atornillados al suelo y unidos entre sí, no mucho más grandes del que aparece en la imagen que encabeza este artículo, de manera que no permitían separarlos ni moverlos en la misma grada, ni por supuesto tampoco se podía subir a otro sitio si no puedes andar, como es el caso.

Tampoco se podía pedir el favor a los alumnos de que dejaran un sitio reservado en la primera fila para ella, a nivel del acceso, ya que el mobiliario era fijo entre sí y no se podía utilizar por una persona que usa silla de ruedas. Mi mujer tuvo que llegar a un acuerdo con el conserje, que le llevaba una mesa suelta para ella, siempre y cuando ésta no estuviera usada por el profesorado u otro personal, que se rifaban tan suculento mueble. La cosa es que, la mayoría de los días, se tenía que tomar apuntes encima de las rodillas, apoyando en una carpeta porque la mesa suelta estaba desaparecida.

Tampoco se podía subir a la palestra, porque la zona del profesor está sobre un atril de obra, con escalón, disminuyendo además la visión y la percepción del profesor en su clase y de lo que en ella imparte.

Toda una serie de despropósitos, sólo en el aula, que obligaba a tener una voluntad de hierro para no mandar los estudios a hacer puñetas.

Añadido a estos problemas, por lo general, las actividades educativas no son accesibles para el resto de discapacidades que no sean físicas. Por ejemplo con las sensoriales la cosa se complica aún más. No hay que olvidar que las personas que no oyen con normalidad o que no ven o perciben la información como la persona media, ven menoscabado su derecho a una educación, esta vez por cuestiones relacionadas con la accesibilidad a la información y a la comunicación. El colectivo está cansado de pedir al profesorado apuntes, clases, instalaciones (como el bucle magnético) y otros medios que se adecuen a las necesidades de acceder a la información y por tanto, a una educación en igualdad de condiciones.

A pesar del tremendo esfuerzo que suponen para muchos sólo acudir a clase, a pesar de las enormes dificultades que no se solucionan desde dentro del centro educativo, las personas con discapacidad pueden llegar a tener la ayuda de personas voluntarias, que toman apuntes o interrelacionan en el proceso educativo con el alumno con discapacidad para ayudarle a desenvolverse en el entorno y poder tener la oportunidad de acabar unos estudios o una formación. No hay que olvidar que estudiar forma una parte fundamental del proceso de integración de las personas con discapacidad en la sociedad.

Me temo que los alumnos que van a la universidad, no se sienten hoy en día como unos alumnos más, signo inequívoco de que estos centros educativos, lamentablemente, no son accesibles.

Por cierto, el edificio del que estábamos hablando, fue reconocido con un premio a la accesibilidad al poco de inaugurarse. A veces, la realidad me sorprende mucho más que la ficción, ya que nunca se me hubiera pasado tal cosa por la imaginación, sobre todo después de haber sufrido aquel calvario precisamente por ser un lugar inaccesible.

 

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