Editorial

Accesibilidad en la Ciudad de México

Viernes, 10 Mayo 2013 00:00 Escrito por  Ana Torres Visto 1395 veces
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Phil Kelly, Mapas de la ciudad./ Ana Torres Phil Kelly, Mapas de la ciudad./ Ana Torres

Desafortunadamente mi ciudad ha sido construida ignorando la necesidad de grupos minoritarios

El tránsito continuo en las calles, la inmensa cantidad de personas y automóviles persiguiendo destinos distintos, indiferentes ante las preocupaciones de los demás, son sólo algunos de los factores que dificultan la vida diaria en una megalópolis como la Ciudad de México. 

En esta ocasión pongo este ejemplo debido a mi experiencia como habitante de esta urbe, mas cabe aclarar que la problemática de la accesibilidad es un elemento común en muchas de las metrópolis modernas.

Mi ciudad es un enigma difícil de descifrar. Su fundación se remonta a 1521 y su posterior desarrollo ha obedecido a una multiplicidad de situaciones políticas y sociales entre las que destacan la inmigración de habitantes nacionales y extranjeros, la imitación de modelos de ciudad europeos y más recientemente, las necesidades laborales y de mercado tanto interno como global. En pocas palabras, esta ciudad, antigua capital de un imperio, ha crecido beneficiando una infraestructura moderna de grandes dimensiones, no "a medida humana". Con el paso del tiempo el conjunto de edificios enormes y avenidas kilométricas, se ha convertido en la imagen cotidiana de mi ciudad, en donde cada vez son menos los espacios para la convivencia de los peatones.

Recordando uno de los ya clásicos contemporáneos de la literatura portuguesa, Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, comencé a imaginar: ¿Y si justo en este momento todos fuéramos presas de una ceguera repentina?, ¿son nuestros hogares espacios adecuados para permitir el desarrollo de nuestra actividades cotidianas?, ¿son nuestras calles lugares seguros para el tránsito?

En una situación de emergencia, tal como esta hipotética ceguera, nos daríamos cuenta de que los pasos que damos todos los días para llegar a nuestra casa, al trabajo o a la escuela, no son los mismos si no podemos ver el camino por donde nos dirigimos. Seguramente tropezaríamos más de una vez con las banquetas y con la cantidad de escalones que tienen nuestros rascacielos. No podríamos orientarnos por falta de señalamientos en lenguaje braille, ni andar seguros por la falta de senderos guía para las personas invidentes que utilizan bastón. ¿Acceder al transporte público?, ni pensarlo, los autobuses no están equipados para dar servicio a la población que no puede ver pero quiere ser independiente. Todo sería una enorme caos.

Desafortunadamente mi ciudad, así como muchas otras, ha sido construida privilegiando las necesidades de las mayorías, ignorando la necesidad de grupos minoritarios, pero que también tienen derecho a vivir la ciudad de forma independiente. Cambiar toda la infraestructura de los espacios urbanos representa un costo muy elevado, y los esfuerzos que comienzan a introducir  la posibilidad de acceso a más espacios públicos como universidades, líneas de metro, centros comerciales, entre otros casos, muchas veces no prosperan debido a la falta de atención de los propios ciudadanos. Esto me hace suponer que no es sólo un problema de carácter financiero o institucional, sino más bien cultural.

¿Qué tal si todos los días contáramos los pasos que damos de nuestra cama a la cocina?, ¿si prestáramos atención a la cantidad de tiempo que tarda en cambiar un Alto por un Siga en los semáforos de nuestras calles?, en fin, ¿Qué pasaría si cerráramos los ojos y nos atreviéramos a experimentar un día privado de uno de nuestros sentidos más fundamentales? Creo que después de una vivencia así, comenzaríamos a respetar los Asientos reservados, los pasos a desnivel, los lugares para estacionamiento exclusivos, etcétera.

Bien dice el dicho que, "Nadie experimenta en cabeza ajena", pero creo que si queremos conseguir la multiplicación de espacios accesibles en ésta y otras ciudades, no hay que esperar a que nos suceda a nosotros, la clave está en tomar conciencia de la importancia de aumentar una mayor dosis de solidaridad en nuestro día a día.

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